El discipulado está en el centro de nuestro llamado. Jesús no solo nos pidió que lo siguiéramos — nos mandó a hacer discípulos de todas las naciones. No somos únicamente hijos de Dios; también somos discípulos de Jesús. Esto significa que nuestra fe no es pasiva. Es activa, intencional y en crecimiento. Lo seguimos con propósito, sabiendo que el discipulado es la respuesta natural de un corazón que ama a Dios.

Ser discípulo es caminar tras las huellas de Jesús. Estudiamos Su vida, imitamos Sus caminos y aprendemos de Su ejemplo. Él se convierte en nuestro modelo para hablar, amar, perdonar y servir. El discipulado no se trata de perfección, sino de disposición — disposición para aprender, cambiar y permitir que Jesús forme nuestras vidas día tras día.

Y así como seguimos a Jesús, ayudamos a otros a hacer lo mismo. Toda persona que viene a Cristo es invitada a este mismo camino de crecimiento. Les enseñamos la vida de Jesús, Sus principios y Su corazón. No solo presentamos a las personas la salvación; caminamos con ellas mientras maduran en su fe. El discipulado es personal, relacional y constante — es la manera en que los bebés espirituales se convierten en creyentes fuertes.

Esta es la cultura de nuestra iglesia. Elegimos crecer y ayudar a otros a crecer. Nos negamos a conformarnos con un cristianismo superficial. En cambio, abrazamos un estilo de vida de aprendizaje, obediencia y transformación. El discipulado nos fortalece, nos une y mantiene nuestro enfoque en Jesús. Como familia de iglesia, nos animamos unos a otros a permanecer en este camino, sabiendo que seguir plenamente a Jesús es el mayor viaje que jamás emprenderemos.